El rediseño del Hotel Ambassador Playa I & II se plantea como una operación crítica dentro del proceso de evolución del grupo Hoteles Benidorm, que busca consolidar un universo de ocio completo sin renunciar a los lenguajes populares que han dado forma a la identidad turística de la ciudad. Lejos de maquillar su pasado, el proyecto reconoce la memoria lúdica del edificio —nacido en los años 70— y la traslada a un nuevo escenario formal, más ligero, cálido y contemporáneo.
Frente al decorativismo temático o a la neutralidad sin carácter, el estudio optó por una reinterpretación mediterránea desde el disfrute, con una estética que conecta con la memoria emocional del visitante pero desactiva cualquier tentación nostálgica. La fachada con barandillas de vidrio rosado y balcones angulados sobre fondo blanco es, en ese sentido, una afirmación visual: fresca, fotogénica, libre. Su vibración nos sitúa más cerca de Miami o California que del souvenir tradicional.
En el interior, se parte de una lógica sensorial y atmosférica, no de elementos compositivos decorativos. Los pasillos se conciben como transiciones escénicas, con referencias náuticas. Las habitaciones, con maderas claras, textiles cálidos y acabados suaves, buscan evocar el confort vacacional sin recurrir a soluciones efímeras. Las imágenes de surf no son un guiño temático, sino una forma de insertar el espacio en un relato donde lo cotidiano, lo lúdico y lo aspiracional conviven con naturalidad.